Cómo practicar el Mindfulness

Pasos y estrategias para practicar Mindulness

El Mindfulness es una técnica que puede realizarse, por supuesto, de forma particular con nociones básicas. Pero siempre será más productivo y beneficioso con la guía, ayuda y supervisión de un especialista. Esta técnica se estudia y requiere de un título para enseñar a practicarla, por ello, el profesional que le acompañe le las dará pautas fundamentales que no se aprenden de manera individual.

Para que el Mindfulness sea eficaz, igual qué pasa con el ejercicio físico, es necesario una práctica diaria. Estudios muestran eficacia a partir de 10 minutos al día de práctica. Los mejores resultados se obtienen a partir de 20 minutos diarios de práctica. Sería como una práctica de higiene mental diaria, un hábito, una rutina. Si se hace, los resultados se empezarán a notar a las 2-3 semanas. Se puede meditar de día, o de noche. Lo importante es escoger un momento en el que tengamos el tiempo y la calma para poder hacerlo. Meditar por la mañana nos mantiene más activados por el día, y meditar por la noche nos prepara para el descanso.

Practicar Mindfulness permite:

  • Ser consciente de tu cuerpo, tu mente, tus emociones, y tu entorno.
  • Percibir la sensación de habitar el propio cuerpo, y sintonizarse con la mente.
  • Requiere práctica y tiempo.
  • Estar presente en el momento actual: aquí, y ahora.
  • Estar centrado, y poder decidir dónde enfocar la atención.
  • Aceptarte a ti mismo y a los demás: ser más compasivo.

Factores fundamentales para la práctica del Mindfulness

La observación

Esta es la instrucción fundamental: aparezca lo que aparezca en nuestra mente, simplemente obsérvalo.

Toma consciencia de qué está ocurriendo, ya sea información procedente de alguno de nuestros sentidos, emociones, sentimientos, señales del cuerpo (articulaciones, presión, postura, dolor…), etc. Simplemente, darse cuenta. Sin más («me está picando la nariz», «me siento enfadado», «me duele la espalda»…)

Esto, que puede parecer una tontería, ayuda a que dejemos de identificarnos con lo que observamos. No somos lo que observamos (ni lo que pensamos o sentimos).

Nuestra actividad mental no nos identifica.

El observador que surge de este ejercicio, uno mismo, puede distanciarse así de aquello que observa. Permite por tanto modificar el Ego, es decir, la imagen mental que tenemos sobre nosotros mismos y sobre nuestra relación con lo que nos rodea, que se identifica generalmente con la experiencia vivida.
Tenemos enfado, pero no somos enfado. Nos des-identificamos pues del contenido de nuestra conciencia.

La actitud

Una actitud curiosa, abierta, y de aceptación. Según el maestro zen Thich Nhat Hanh, las 12 actitudes mindfulness son:

  • Aceptación: Reconocer la realidad y asumirla. No resistirse a lo que la vida nos ofrece, a lo que ya es. Permitir que los pensamientos vayan y vengan.
  • Ceder, soltar: No rechazar o evitar. Aceptar la experiencia tal cual viene.
  • No juzgar: No emitir juicios de valor. Observar los pensamientos ir y venir, dejarlos ir, sin añadirles crítica o un valor extra (negativo o positivo).
  • Paciencia: Entender que las cosas suceden en el momento adecuado. Estar abierto a cada momento, a lo que venga.
  • Confianza: En uno mismo, en nuestra práctica interna como fuente de conocimiento.
  • No esfuerzo: Sin tratar de alcanzar una meta concreta de forma continuada. Ser, en vez de hacer.
  • Mente del principiante: ver las cosas como si fuera la primera vez que las experimentamos, con esa curiosidad. Estar abiertos a nuevas posibilidades.
  • Amor: Hacia los objetos y personas de forma consciente. El afecto y el amor deben impregnar ese proceso de observación de la realidad presente.
  • Perdón: De los errores se aprende. Errar es humano. Hay que saber perdonarse a uno mismo y a los demás. Así podemos avanzar.
  • Gratitud: Muchos estudios psicológicos avalan que ser agradecido nos hace más felices. Dar las gracias a los demás por hacer nos vivir buenos momentos, por estar ahí, escucharnos, compartir, apoyarnos…
  • Compasión: Ser conscientes de nuestro sufrimiento y del ajeno nos hace ser compasivos y nos ayuda a cuidar de nosotros mismos y de los demas. Se trata de tener interés real y aprecio por el sufrimiento de otros.
  • Vulnerabilidad: Aceptar nuestras carencias (y las de los demás) y aprender a vivir con ellas. Tener la humildad de reconocer que nuestro entorno y el universo nos ayudarán cuando sea oportuno.
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